El brillo del exceso, cómo el kitsch se ha convertido en la religión de lo agradable
En ‘La nueva era del kitsch’, Gilles Lipovetsky y Jean Serroy analizan cómo lo que antes se consideraba de mal gusto se ha convertido en el emblema de nuestra hipermodernidad Las cartas de un miembro de 'La quinta del Biberón' toman vida en un cómic: “Ojalá las bombas estuvieran rellenas de chocolate” Pocos conceptos son tan escurridizos y cambiantes como el de kitsch. La propia etimología de la palabra ya supone un enigma. Algunos filólogos piensan que deriva del verbo alemán kitschen, que en el argot muniqués del siglo XIX significaba algo así como “embarrar” o “hacer chapuzas”, pero también recoger objetos de la calle y reciclarlos; otros, piensan que viene de verkitschen, que significa tanto “vender barato” como dar una mercancía en sustitución de otra. En ambos casos late la misma idea de mezcla y de impostura, de gato por liebre, de montaje y simulacro fallido. Pero quizá lo
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