En 1955, alguien robó el cerebro de Einstein en secreto y lo guardó en botes de mayonesa. Ese era solo el principio

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Siete horas después de la muerte de Albert Einstein, Thomas Harvey se disponía a hacerle la autopsia al cadáver en la morgue del Hospital de Priceton. Era el 18 de abril de 1955 y Otto Nathan, amigo y albacea del famoso físico, estaba presente: el viejo Albert se había convertido en la "mayor estrella del rock del siglo XX", pero quería que el culto a su persona se acabara allí. El patólogo haría la autopsia, la familia recogería el cadáver y lo incineraría en secreto antes de esparcir sus cenizas en el río Delaware. Y así fue. O, bueno, eso es lo que creía la familia. No en mi guarida. Porque en un descuido, sin permiso previo documentado y todo lo rápido que pudo, Thomas Harvey extrajo el cerebro de Einstein y se lo guardó (dentro de un tarro lleno de formaldehído). Al principio lo mantuvo en secreto, pero nadie roba el cerebro del gran genio del siglo XX para mantenerlo en secreto. La noticia, en cuestión de horas, corrió como la pólvora. Y, de hecho, el día 20 el New York Times publicó que algo pasaba con el cerebro. La familia entró en pánico, pero un poco antes de la publicación (y siguiendo una política de hechos consumados) Harvey consiguió convencer a Hans Albert Einstein,…

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