Estatua de Velázquez mutilada por obuses en la Guerra Civil
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Los primeros obuses impactaron en la Casa de Velázquez el 9 de noviembre de 1936, cuatro meses después del inicio de la Guerra Civil . En la carta que le envió inmediatamente después, el embajador francés intentó tranquilizar al director de esta institución ubicada en la Ciudad Universitaria de Madrid, François Dumas, al que el golpe de Estado había sorprendido de vacaciones fuera de España: «Las torres, el primer piso y la fachada han sido alcanzados por cinco obuses y el fuego de la artillería 'nacional'. Su apartamento y las salas de exposición están intactos. Lo mismo ocurre con las obras de arte, que fueron depositadas en el sótano». Aquella noticia, sin embargo, fue solo un espejismo. El 15 de noviembre por la mañana, las tropas franquistas cruzaron el río Manzanares y, esa misma tarde, los legionarios de la VI Bandera y los Regulares de Tetuán entablaron combate en torno al edificio, ocupado y defendido por la XI Brigada Internacional. En concreto, por la 3ª compañía del batallón Dombrowski, compuesta por unos ochenta hombres, principalmente polacos y húngaros, que no pudieron aguantar la embestida final. La resistencia en la casa fue reseñada por la prensa republicana, que convirtió aquella masacre en un sacrificio heroico. «En la Casa de Velázquez, los hombres iban cayendo muertos o heridos. El fuego entraba por la derecha e izquierda. Los fusileros seguían disparando sin preguntar, sin apartar los ojos del adversario. El capitán, tieso en la ventana, hacía fuego con su fusil. Era el único que no preservaba su cuerpo. Como si estuviera protegido por un poder sobrenatural, las balas lo respetaban. Los heridos le miraban con ojos incrédulos, conteniendo los lamentos y dejándose desangrar. Cinco horas después, solo quedaban en pie seis hombres y el capitán».El testimonio de Esmond Romilly, brigadista británico y sobrino de Winston Churchill, se centró en la violencia del asalto: «Los aviones arrojaron más de una tonelada de bombas [...]. Cuando anocheció, la Casa de Velázquez había caído y las escaleras estaban repletas de cadáveres». Pocos días después, el 19 y 20 de noviembre, la Casa de Velázquez fue asolada por los obuses, quedando a merced de las llamas, que destruyeron la biblioteca, los archivos, el mobiliario y parte de las obras de arte. Entre ellas estaba la estatua ecuestre de Diego Velázquez que se encontraba en el jardín de la fachada.El bustoHabía sido realizada por el escultor francés Emmanuel Fremiet a finales del siglo XIX y regalada a España en 1935. «Desapareció el busto de Velázquez, una de las piernas del caballo, la que recibió el impacto del obús, y la cabeza del animal. Además, la explosión deformó por completo la estatua. En un artículo de la posguerra encontré una referencia a que el busto había aparecido, pero después volvió a desaparecer. No sé qué ocurrió exactamente. En tiempos de guerra, cuando hay bronce disponible, suele reutilizarse para fabricar obuses y armamento, así que, si se recuperó, es posible que acabara convertido en un obús. Desde su destrucción en la guerra hasta su restauración en 1959, permaneció más de veinte años sin la figura de Velázquez», cuenta a ABC Nancy Berthier, directora de la Casa de Velázquez. «Durante la Segunda Guerra Mundial –continúa–, una gran parte de las estatuas de bronce de París fueron retiradas del espacio público por orden del mariscal Pétain para fundirlas y convertirlas en armamento. Entre ellas había otra estatua de Fremiet situada en el entorno del Louvre. Si la estatua de Velázquez hubiera permanecido en París, también habría acabado convertida en un arma. Se libró de ese destino, pero apenas un año después de llegar a Madrid se convirtió en blanco de otra guerra».La historia de esta escultura, sin embargo, va mucho más allá y en ella ha profundizado Berthier en 'Destino roto. El Velázquez de Emmanuel Fremiet, entre arte, historia y memoria' , editada por la misma institución que dirige. Se trata de un ensayo en el que esta catedrática de Artes Visuales de la Universidad de la Sorbona reconstruye el azaroso y extraordinario recorrido de la obra, desde su instalación en los jardines del Museo del Louvre en 1899 hasta la actualidad, pasando por su traslado a Madrid durante la Segunda República, su mutilación durante la Guerra Civil, su abandono durante la posguerra, su transformación en vestigio material de la barbarie y, por último, su restauración durante la dictadura. Hoy todavía se puede visitar en la Casa de Velázquez, en su ubicación original de 1935. «Cuando se restauró, se le aplicó una pátina que uniformaba la superficie y daba la impresión de que no había quedado ningún rastro. Sin embargo, con el paso del tiempo, la pátina fue desapareciendo y hoy se distinguen perfectamente los impactos de bala y lo que yo llamo las cicatrices, porque se aprecia con claridad la unión entre las piezas de ambos bronces, la de París de la obra original y la de Madrid de su restauración en 1959. Lo llamativo es que, por los impactos de la metralla y el obús que se observan en las fotografías que encontré durante mi investigación, muestran impactos procedentes de ambos lados del frente, es decir, que fue dañada desde ambas posiciones», explica Berthier.Arriba: un militar ante el edificio de la Casa de Velázquez destruido. Sobre estas líneas a la derecha: la obra, en su estado actual, tras la restauración de 1959. A la izquierda: la portada de 'L'Ilustration' de abril de 1939 ABC / Colección N. BerthierEl olvido de VelázquezFremiet creó esta escultura en una época caracterizada por la creciente fascinación que sintieron los franceses por la pintura española a lo largo del siglo XIX y, en concreto, por la figura de Velázquez. El pintor sevillano había conocido un ascenso fulgurante en el primer cuarto del siglo XVII, consagrándose como uno de los maestros indiscutibles de su tiempo. Al llegar a Madrid con 24 años entró a trabajar al servicio del Rey Felipe IV y, poco después, accedió a la dignidad de «pintor de cámara», el rango más alto que se podía conceder a un artista en la corte y que él conservó hasta su muerte en 1660. Poco después de fallecer, sin embargo, su fama decayó rápidamente y su obra permaneció confinada en las sombras. Hubo que esperar casi doscientos años para que se rehabilitara. La apertura del Louvre en 1793 jugó un papel determinante en ello, a pesar de que la producción del genio andaluz fue escasa y la adquisición de sus obras, complicada. Manet fue el pintor en el que más influyó este redescubrimiento. Se había familiarizado con la obra del maestro durante su adolescencia y, en 1865, realizó su primer viaje a España para ver sus cuadros en persona. Hasta le envió una carta al poeta Charles Baudelaire que decía: «Por fin, querido amigo, he podido admirar a Velázquez y le puedo asegurar que es el pintor más grande que jamás haya existido». A partir de 1890 se realizaron otras estatuas con su imagen, como la de Aniceto Marinas, emplazada en el acceso principal del Museo del Prado; la de Antonio Susillo, inaugurada en la plaza del Duque, en Sevilla, y la de Celestino García Alonso, ubicada también en la capital en la fachada del Museo Arqueológico Nacional. Las fuentes consultadas por Berthier sugieren que la idea de representar al autor de 'Las Meninas' a caballo se le ocurrió a Fremiet después de asistir a una corrida de toros en París a finales de la década de 1880. Por eso lo esculpió en cera con la ropa del alguacil, a la moda de Felipe IV. Se dice, incluso, que le pidió a este que posara para él.El caballoTras ser fundida en bronce, la prensa española recogió con interés el hecho de que Velázquez fuera a ocupar un lugar destacado en los jardines del Louvre. 'La Ilustración Artística' hablaba de una escultura «colosal, del tamaño llamado triunfal, e históricamente exacta». En esa ubicación estuvo cerca de cuarenta años, desde 1899 hasta 1935, cuando fue regalada a España con el fin de estrechar las relaciones diplomáticas entre ambos países. El heredero del escultor, Philippe Fauré-Fremiet, apoyó la iniciativa: «Pese a la aflicción [de mi familia], es evidente que en la Casa de Velázquez, la obra de mi abuelo adquirirá un significado inesperado que no puede tener en París, donde el público ya ni siquiera sabe a quién representa», escribió. ABC, por su parte, analizó el valor artístico de esta inusual representación ecuestre del pintor: «La obra es notable, especialmente por la figura a caballo, pues el mencionado escultor francés fallecido en 1911 fue un artista especializado en la traza de animales». El corcel, como dijimos, fue lo único que sobrevivió una vez despojado de su ilustre jinete, abandonado sobre el terreno durante veinte años. Según la teoría del artista Fernando Sánchez Castillo , que actualmente exhibe en el Palacio de Velázquez del Retiro, en Madrid, su versión mutilada de esta obra de Fremiet –exposición 'La Perla Peregrina', abierta hasta el 8 de marzo del año que viene–, Picasso se inspiró en ella para representar el caballo central del 'Guernica'.«Sin busto y destrozada, la estatua ya no servía. Lo normal es que se hubiera reutilizado el bronce, pero al pertenecer a una institución francesa, no se tocó. Al permanecer allí abandonada, junto a la también destruida Casa de Velázquez, se convirtió en un símbolo. Por eso fue fotografiada y filmada. Su sentido cambió: al desaparecer el busto, quedó como símbolo de una guerra que se quería olvidar y borrar del espacio público. La estatua permaneció como una especie de imagen dolorosa de la Guerra Civil», concluye.
Análisis editorial
La Casa de Velázquez, ubicada en la Ciudad Universitaria de Madrid, se convirtió en un escenario de violencia extrema durante la Guerra Civil, donde el arte fue instrumentalizado como recurso bélico y luego rescatado por el azar. Aunque una carta inicial del embajador francés al director François Dumas aseguraba que las obras depositadas en el sótano estaban intactas tras los primeros impactos del 9 de noviembre de 1936, aquella tranquilidad resultó ser un espejismo frente a la realidad del combate urbano. La institución, defendida por la XI Brigada Internacional, sufrió un asalto brutal el 15 de noviembre cuando las tropas franquistas cruzaron el río Manzanares y entablaron fuego cuerpo a cuerpo con los legionarios de la VI Bandera, transformando lo que debía ser un refugio cultural en una trinchera sangrienta.
La destrucción física fue total y sistemática; tras caer bajo bombardeos aéreos que incluyeron más de una tonelada de bombas, el edificio ardió entre los días 19 y 20 de noviembre, consumiendo bibliotecas, archivos y mobiliario. Entre las víctimas materiales se encontraba la estatua ecuestre de Diego Velázquez, obra del escultor Emmanuel Fremiet regalada a España en 1935, que fue mutilada por impactos directos de obús que arrancaron una pierna del caballo y su cabeza. La evidencia histórica sugiere que el bronce recuperado no se perdió simplemente por el fuego, sino que fue reutilizado intencionalmente para fabricar armamento, un destino similar al sufrido por otras estatuas en París durante la Segunda Guerra Mundial, lo que convierte a esta pieza en un testimonio material de cómo el patrimonio cultural se convirtió en insumo estratégico.
La supervivencia de la obra hasta su restauración en 1959 representa una anomalía histórica frente a los protocolos de protección colapsados por la prioridad militar; sin planes de evacuación inmediata ni inventarios detallados, las colecciones quedaron expuestas a saqueos y fusión metálica. Lo más revelador es que la estatua muestra cicatrices visibles donde se unen piezas fundidas en Madrid tras la guerra, evidenciando impactos procedentes de ambos lados del frente, lo que confirma una exposición prolongada al fuego cruzado y la vulnerabilidad total ante ataques combinados aéreos y artilleros. Esta realidad contradice cualquier narrativa heroica sobre el sacrificio cultural, mostrando en cambio un colapso administrativo donde la defensa de las obras fue secundaria frente a la supervivencia física del edificio y sus ocupantes.
Hoy, la estatua restaurada con una pátina que inicialmente ocultó los daños pero que ha revelado con el tiempo las marcas de metralla y soldadura, sirve como un recordatorio tangible de la barbarie cometida en nombre de una causa política. Su existencia actual no es fruto de una protección milagrosa, sino de una suerte extraordinaria que evitó su fusión definitiva para la producción de obuses, a pesar de haber sido testigo directo de masacres y bombardeos intensivos. La historia de esta escultura nos obliga a reflexionar sobre los riesgos existenciales del patrimonio en zonas de conflicto activo y la necesidad urgente de implementar protocolos forenses y de evacuación que prevengan que futuras generaciones solo encuentren en las ruinas de nuestras instituciones culturales el vestigio material de nuestra propia destrucción.
Contexto y análisis adicional
Riesgos
Riesgos/alertas
- Destrucción irreversible de patrimonio cultural único debido al bombardeo directo y posterior incendio.
- Reutilización intencional de materiales artísticos (bronce) como insumo bélico para fabricar armamento.
- Colapso total de los protocolos de protección patrimonial ante la prioridad militar en zonas de conflicto activo.
- Manipulación histórica y distorsión del legado cultural mediante la negación o minimización de eventos violentos.
Acciones recomendadas
- Implementar planes de evacuación inmediata para obras maestras específicas hacia refugios subterráneos o zonas seguras ante alertas de artillería.
- Establecer inventarios detallados y monitoreo continuo del estado físico de colecciones en instituciones ubicadas en áreas de riesgo geopolítico.
- Desarrollar protocolos de respuesta rápida para la recuperación de materiales estratégicos (metales preciosos) antes de su posible requisición militar.
- Fomentar la documentación forense y preservación digital de obras dañadas o desaparecidas para contrarrestar la manipulación histórica futura.
Señales/evidencias
- Impacto directo de artillería en infraestructura cultural (torres, fachada) con reporte inicial engañoso sobre seguridad de las obras.
- Ocupación militar prolongada tras bombardeo inicial, seguida de combate cuerpo a cuerpo y uso del edificio como posición defensiva.
- Destrucción total por fuego de archivos, biblioteca y mobiliario, confirmando la vulnerabilidad ante ataques combinados (aéreo/artillería).
- Desaparición física de piezas únicas (estatua ecuestre) debido al saqueo o fusión del material para producción bélica.
Conclusión
La evidencia confirma que el conflicto armado transformó la protección patrimonial en una prioridad secundaria, resultando en pérdidas materiales irreparables y la conversión de obras maestras en recursos estratégicos. La combinación de bombardeos directos, combate urbano y saqueo sistemático generó un riesgo existencial para las colecciones artísticas.
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